Se deteriora el patrimonio del BCRA

Advierten que se debe a la transferencia de ganancias contables, no reales, al Tesoro.

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El balance semanal del Banco Central (BCRA) a fin de agosto (el anual de 2012 lo aprobó su directorio hace dos semanas, pero aún no se hizo público) confirmó temores: la entidad se descapitaliza a un ritmo cada vez más acelerado, a la vez que no deja de perder o ceder reservas, como si le siguieran sobrando.

Las novedades que trajo el estado de cuentas fueron dos: una caída de más de $ 30.000 millones en el patrimonio neto de la entidad, que en pocos días quedará totalmente comandada por autoridades sin aval parlamentario, y la separación de otros US$ 9425 millones que hoy se computan como reservas para que el Gobierno los use para pagar deuda o financiar inversiones.

La pérdida patrimonial es la contracara de la transferencia de utilidades del BCRA al Tesoro nacional para financiar gasto público. Vale aclarar: son ganancias contables, “no reales, ya que se originaron en la devaluación del peso durante 2012”, detalla la consultora Empiria en su último informe.

“Al transferir íntegramente utilidades que surgen como diferencia de cotización, en rigor el patrimonio neto del BCRA se va licuando en términos de activos y pasivos, porque el capital queda constante, mientras el pasivo aumenta”, apunta Empiria. Una parte importante de ese pasivo son los pesos que emite, lo que explica la creciente tendencia a perder valor que muestra la moneda.

En su informe titulado “Banco Central como caja exclusiva del Tesoro”, la consultora advierte que “una vez que se excluyen los activos del sector público sin cotización de mercado (que, por lo tanto, no pueden hacerse líquidos frente a una contingencia monetaria), el patrimonio neto del BCRA ya es 15% negativo en términos del PBI”.

Los traspasos pueden rastrearse en el renglón de depósitos del gobierno nacional (y otros), que forma parte del pasivo de la entidad, y en el salto que mostró el stock de letras intransferibles, del lado del activo. Se trata de un stock que no deja de crecer como contracara de los dólares cedidos al Fondo de Desendeudamiento, aunque, en realidad, no consiste en bajar deuda, sino en cambiar de acreedores (de los externos o bonistas a los internos, y en muchos casos, cautivos, como los jubilados). La primera partida, que tenía unos $ 1150 millones hasta hace tres semanas, pasó a atesorar más de $ 55.000 millones a fin de agosto. Se engrosó con las transferencias de recursos de capital que, en paralelo, hicieron que el patrimonio del BCRA cayera de $ 95.400 millones a $ 65.700 millones.

La segunda, se supone, por el nuevo título de deuda (a 10 años, intransferible y con una tasa de interés nula o mínima -Libor menos un punto porcentual-) que el BCRA recibe a cambio de las reservas que cede al Gobierno para que quede asentado como un préstamo realizado mediante un cambio de activos.

Pero hay que hurgar en los números para descubrirlo, porque la entidad dejó de publicar el detalle de letras que ya atesora (deberían ser ocho, pero hasta hace dos semanas reportaba siete) y pasó a informar sólo el stock, aunque con un llamativo aumento, si uno se toma el trabajo de hacer los números.

El economista y consultor Federico Muñoz se reconoce sorprendido por la magnitud del giro de dólares, “porque excede en mucho a los pagos de deuda remanentes en el año”, estimados en algo más de US$ 2000 millones. “Da la sensación, en cambio, de que el Gobierno, ávido de fondos y con la perspectiva de la inminente pérdida de poder político, buscó apropiarse de esas reservas de un manotazo furtivo”, interpreta.

Las perspectivas son más inquietantes. El proyecto de presupuesto que presentó el Gobierno la semana pasada vuelve a requerir los servicios de la entidad monetaria para financiar el creciente déficit fiscal (prevé la transferencia de utilidades devengadas, que descapitalizan al Central, por unos $ 56.000 millones, además de los adelantos transitorios, que terminarán siendo un monto similar) y atender pagos de deuda (US$ 9855 millones, a cambio de letras intransferibles).

Por   | LA NACION

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